Desde que tengo memoria me divierte mucho provocar el enojo de los cascarrabias. Ver como se les transforma el rostro, como les hierve la sangre, como se les crispan los nervios y se le erizan los pelos de la nuca. Y un segundo después empiezan a gritar con los ojos desorbitados (a cada momento mas fuerte) sin pensar ni razonar una sola de las palabras que están escupiendo. Cuanto mas putean, más me divierte. No hay nada mas divertido que un cabrón en pleno ejercicio del enojo.
En los años de infancia, hacer enojar a los cabrones fue uno de mis juegos preferidos. Y obviamente no estaba solo. L y El Tano disfrutaban igual que yo de los enojos ciegos de los vecinos necios.
Con L y El Tano teníamos una victima preferida. Alfredo se llamaba. Era un pobre jubilado, malhumorado y gruñón, y tenía unos pulmones que hubieran sido la envidia de Placido Domingo.
De todos los vecinos posibles, al pobre Alfredo le tocaron en suerte los peores. Tres demoños de 8 años con una usina de maldad casi inagotable.
Nuestro método para hacerlo enojar era muy sencillo. Consistía simplemente en tirar cualquier cosa que tuviéramos a mano al patio de Alfredo, que lindaba con el parque de la casa de L, y lo que teníamos a mano en ese parque gigante con árboles frutales y una pequeña huerta, eran muchas cosas y muy variadas. Todas iban a parar al patio de Alfredo. O al interior de la casa, si se le ocurría abrir las ventanas. Algunas veces escuchamos ruidos de vidrios rotos antes de los gritos.
Solo una vez se le ocurrió tocar el timbre en casa de L. El dialogo con J, el papá de L duro poco.
- J, hacé algo. Tu pibe y los otros dos me llenan el patio de porquerías! Me tiran limones, zapallitos, tomates, naran…
- Y, ponete una verdulería! -Interrumpió J y cerró la puerta.
Era tan divertido y tan fácil hacerlo enojar. Casi a diario, aunque no siempre a la misma hora, había lluvia de objetos. Como dije antes, lo que nos brindaba el jardín o la huerta servia. A veces algún que otro cascote también cruzaba al vuelo la medianera. De cuando en cuando, un simpático sorete seco de los perros de L. Llegamos a tirarle una cantidad importante de simples de vinilo que encontramos tirados en la esquina. Entre diciembre y los primeros días de enero, lo que mas nos gustaba para, literalmente, bombardear, eran unos divertidísimos limones con un petardo adosado con cinta adhesiva. Para mantener el ritmo del bombardeo, mientras El Tano iba pegando los explosivos a la fruta, L tomaba de la caja la bomba, la empuñaba con la derecha y desde atrás, este que escribe encendía el arma y decía un extraño e inexpresivo “VA” para que L efectúe el lanzamiento. Así, llovía en el patio de Alfredo un limón explosivo cada 10 segundos aproximadamente.
Con un cascoteo leve alcanzaba. Alfredo empezaba a gritar y refunfuñar y putear a grito pelado. Pero que empezara a gritar, no significaba que terminara la lluvia. Seguía a ritmo sostenido, hasta que se acabara la munición o nos cansáramos, lo que sucediera primero. Así fueron casi todas las tardes, durante dos, o tal vez tres años.
De todo aquello me quedan algunos interrogantes. ¿Por qué el viejo Alfredo nunca hizo una denuncia policial? Es un verdadero misterio equiparable al del triangulo de las bermudas.
¿Por qué nunca nadie nos dijo “che, no lo jodan mas al pobre viejo”? Sospecho que nuestros padres se divertían, aunque de forma silenciosa e inconfesable, de la misma manera que nosotros. Tal vez la mitad de los vecinos disfrutara del concierto del pobre desgraciado.
Una tarde, se nos terminó la munición acopiada (unos cuantos caquis caídos del árbol, en un magnifico estado de descomposición) y el griterío no había empezado. Fuimos en busca de más proyectiles. Una oleada de limones tampoco provocó ningún efecto. Entonces, desde la ventana, la mamá de L nos dio la noticia:
- Dejen de tirarle cosas. Esta mañana lo internaron en un neuropsiquiatrico.
Hace apenas un par de años nos pusimos a calcular que grado de responsabilidad teníamos por el hecho de que Alfredo hubiera pasado una temporadita en el hotel de los locos. Como no nos pusimos de acuerdo, la conclusión se sintetizó con dos palabras algo imprecisas: Un poco.
Seguramente, en esas vacaciones en el loquero encontró la tranquilidad que no tenia desde hacia tanto. No recuerdo bien cuanto tiempo estuvo ahí. Meses, tal vez más de un año. Un día lo vimos de nuevo por el barrio, pero ya no volvimos a molestarlo.
Entonces, una horda de pequeños demonios, que usaba pañales cuando esta historia comenzó, tomó la posta que L, El Tano y Yo dejamos libre. Y Alfredo no volvió a vivir en paz. Y el universo siguió en orden.
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Dedicado a esos que están mas cerca del corazón. A esos con quienes aprendimos que es la amistad mientras aprendíamos a leer, a los de siempre, a los que están lejos, a los que ya no están, a esos viejos amigos que recién conozco, mi pueblog. A todos ellos, porque nada puede evitar que sean mis amigos.